Su ratito de gloria

1 noviembre, 2008

Descalzo y tirado en medio de  una acera, hacía el gesto de empinar el codo, fingiendo echar un largo trago utilizando su cochambrosa zapatilla de deporte como si fuese una vaso largo. Tanto se lo creía que hasta se le movía la nuez arriba y abajo como si estuviese tragando el alcohol que su cuerpo le pedía desesperadamente. Todo él apestaba porque en su sopor se había defecado encima. Tenía el chándal manchado, barba de varios días, pelos con el look recién levantado y ojos que no enfocaban nada.

Y justo así le pilló la reportera que venía acompañada de un cámara. ¡La tele había venido a verle! La señorita le habló con cariño, formulándole varias preguntas. Él farfulló un rato pero al final atinó a decir “estoy atontado” un par de veces. Alguien decidió que había que mover algunos hilos y no tardó en llegar una limusina blanca a recogerle. Le prometieron que en el hotel podría tomar un largo baño calentito y ponerse ropa limpia y suave. Le acostaron en una camilla y le deslizaron delicadamente en el vehículo por la puerta trasera.

Los curiosos observaron pensativos como se alejaba la ambulancia y volvieron cada uno, aferrándose, a sus pequeñas vidas.


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